Zapatillas de Violeta

Relato #3 – Violeta

Violeta y yo manteníamos una relación en la que compartíamos aficiones, ilusiones, cama… y un pinchazo en el pecho cada vez que estábamos juntos.

Violeta no tardó en mudarse a mi piso. Al principio dejó su cepillo de dientes en mi baño, otro día dejó sus zapatillas de andar por casa y al mes tenía su champú de pelo rizado en el estante de mi ducha.

Pasábamos la mayor parte de las noches disfrutando de nuestra compañía, aunque por el día nos separasen nuestras obligaciones. Era habitual que Violeta pasara por su casa para cambiarse de ropa. Este fue el motivo de que dejara una maleta con prendas de cambio para varios días en mi habitación.

Como era de esperar, terminamos viviendo juntos antes de que hubiera analizado los pros y contras y, que alguien invadiera mi espacio vital cuando acostumbraba a vivir solo, era un contra.

Le expliqué que era precipitado y lo interpretó como que tal vez no estábamos destinados a estar juntos. Al final, terminé dejándola por cobarde.

El día de la discusión, después de que Violeta diera un portazo, sonó mi móvil; me daban cita para operarme de mis punzadas en el corazón en dos semanas.

Estaba nervioso y se me pasó por la cabeza no asistir, pero como era cuestión de vida o muerte, no me quedó más remedio que armarme de valor y presentarme a la cita.

Me pusieron el delantal que en el hospital llaman camisón, me tumbaron en una camilla y me llevaron a quirófano.

Me crucé con la camilla del paciente que salía y miré por curiosidad su rostro; quería saber si salía con vida.

La paciente resultó ser Violeta. Y sí, estaba viva. Le comenté al cirujano que era mi exnovia y me contestó que conocía la historia, que no me preocupara. ¡Cómo no me iba a preocupar! ¡Acababa de dejarla y el que me iba a operar solo conocía su versión!

Antes de que pudiera explicarme ya había quedado dormido. La anestesia hizo su papel y el hospital su función.

Entramos los dos con el corazón roto y salimos vivos para volver a hacer el amor.


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