Soy de subirme los pantalones antes que las bragas, de abrir la puerta antes de meter la llave y de soñar despierta antes de haber puesto el primer ladrillo, por eso, cuando Pedro me dijo que iríamos poquito a poco yo me imaginé con el anillo puesto.
Fui imprudente cuando, en la presentación familiar, le dije a su abuela que me casaría con su nieto, pero siempre consigo todo lo que quiero. Pedro, en la otra punta del salón y ajeno a mi afirmación, sonreía orgulloso de su nueva conquista. Su abuela disfrutaba por saber que quería a su nieto, pero echó una carcajada, como si fuera imposible y en mi mente acepté el reto.
Conocía a Pedro desde hacía décadas y era un auténtico mujeriego, pero había dado el paso de presentarme, por lo que pensé que lo nuestro iba en serio.
No soy celosa, pero tampoco gilipollas, y cuando tonteaba poniendo un pie fuera del tiesto, marcaba los limites esforzándome para que pudiera entenderlos. Vamos, que yo tonteaba cerciorándome de que podía verlo.
Ramiro fue uno de mis tonteos, pero Ramiro era más interesante de lo esperado, y en mi cabeza, aunque mi anillo no cambió de dedo, imaginé que el que se arrodillaba era Ramiro y no Pedro.
