Tocar la puerta

Relato #9 – Toc, toc, toc

Estela ha decidido venir a mi casa por fin. Miro mi móvil. No hay nada, todo sigue en pie. Tengo el Mar de Frades preparado en la vinoteca, la dorada en el horno… ¿Está enchufada la vinoteca? Lo compruebo una vez más. Como no bebo, a veces me olvido de que la tengo.  Decido preparar una ensalada. Saco la lechuga de la nevera.

¿A cuántos grados he puesto la vinoteca? Me desplazo de nuevo y compruebo la temperatura; ocho grados, perfecto. El horno debería estar a doscientos, ¿está bien? Voy hacia el horno y me quedo pensativo mirando el ojo del pescado; todavía no tiene cataratas, le faltan veinte minutos. Voy con la ensalada. ¡La temperatura! ¿Estaba bien? Me doy media vuelta y echo un vistazo al horno. Todo correcto. Cojo la lechuga.

«Toc, toc, toc»

¡Me encanta que llegue un poco antes! Abro la puerta y Estela viene con un abrigo negro informal que intenta disimular los kilos de más que ha debido coger desde que se hizo las fotos de meetic. Ayudo como puedo a que se lo quite mientras pienso en la dorada. Apenas me da tiempo a fijarme en que viene perfectamente arreglada, aunque su perfume floral no pasa desapercibido.

Al ver que todavía estoy preparando la cena, Estela se remanga y decide echarme una mano con la ensalada. Vuelvo al horno y me fijo en la temperatura. Todo correcto. El ojo de la dorada todavía no indica que esté lista, empiezo a impacientarme.

Hablamos de lo que le ha costado encontrar mi piso, ya que es el típico edificio cuyo número coincide con los de toda la manzana y necesita letras para diferenciar los portales. Todavía estamos incómodos a pesar de todos los mensajes intercambiados por el chat. Le ofrezco vino, pero tampoco bebe, lo que en mi mente supone un punto a su favor.

¿He cerrado la puerta? Me lavo las manos y disimuladamente me asomo al recibidor; la puerta está cerrada. Voy hacia el horno y miro la dorada; el ojo sigue igual y vuelvo a hacer mis comprobaciones; los tres mandos están donde deberían. Todo correcto.

Pongo la mesa con la servilleta a la izquierda, que se note que sé protocolo. Estela las mueve hacia la derecha y yo, aprovecho para doblarlas y volverlas dejar a izquierda.

Después de la lechuga, empieza con el aguacate. Estela está cómoda y me resulta graciosa, tal y como ponía en su perfil. Coquetea mientras me cuenta las virtudes del aguacate para la circulación sanguínea.

Vuelvo al horno, la película blanca en la córnea de la dorada ya hace su aparición estelar. Está lista. Cojo las manoplas, el salvamanteles y a Estela de la cintura, para apartarla de la trayectoria del vapor del horno, no se vaya a quemar. Es nuestro primer contacto físico y percibo cómo le pilla por sorpresa. Saco la dorada. Seguimos preparando la ensalada.

¿He apagado el horno? Me giro y sí. Todo el orden.

Comenzamos a cenar y Estela utiliza la servilleta dejándola a su derecha, es zurda, es comprensible, pero en mi cabeza chirría que no siga los estándares establecidos.

Estela no es perfecta, pero quién lo es.

Llegamos al postre y empieza a mostrar signos de cansancio. Se le ha hecho tarde y al terminar la cena deberá volver a su hogar. No tardamos en despedirnos con dos besos y la promesa de vernos otro día. La cena ha salido según lo esperado. Estela no sospecha nada de mi TOC. ¿He cerrado la puerta? Tiro del manillar y está abierta. Ahí sigue Estela esperando el ascensor. Estoy tan feliz que aprovecho para acercarme y besarla. Entonces Estela vuelve a entrar a mi piso y seguimos besándonos hasta la habitación. Estela se tira en la cama y una única idea atraviesa mi mente. ¿He cerrado la puerta?


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