Hace una semana celebrábamos la entrada del nuevo año 2046. Dos días después mi novia se fue de casa. Desde entonces no paro de llorar y duermo fatal, hoy especialmente, pero ya es hora de levantarse y volver a trabajar. El barrillo de los ojos me impide ver con claridad. Voy al baño; veo mis ojos ensangrentados y notablemente más pequeños. Ha vuelto la conjuntivitis vírica. Me dan ganas de no ir, pero me puede venir bien para dejar de pensar en ella durante unas horas.
Desayuno, me ducho, me arreglo como puedo y cojo el maletín dirección al trabajo. Intento pedir un Move-me 2.0 por el móvil, pero me falla el reconocimiento facial. Gracias a dios, mi modelo es antiguo y todavía acepta la huella dactilar. El más cercano se encuentra a 30 segundos de casa, por lo que me apresuro a gritarle a NEXA que ponga la alarma y cierre al salir. El ascensor de Move-me de mi bloque se pone en verde, pero falla de nuevo el reconocimiento facial. Se activa el dispensador de hidrogel, me lo aplico y pruebo de nuevo con la huella dactilar. Ha funcionado, menos mal.
El cubículo de Move-me 2.0 tiene lo básico; pantalla que vinculo a mi dispositivo, parabrisas foto regulado, asientos calefactables y publicidad menos intrusiva, pero suele estar más sucio que los cubículos de X5 por llevar más de una década en el mercado. Llegados a este punto, prefiero ahorrarme unos créditos que tanto me cuesta ganar.
Se ha hecho viral un vídeo sobre las abejas. ¡Ya sé que han dejado de estar en peligro de extinción! Hago un gesto con la cabeza y no pasa de vídeo. Se me ha olvidado que no voy en un «muvmí X5», como lo llamamos de forma coloquial. Saco el móvil del bolsillo y arrastro pulsando la pantalla para pasarlo.
De repente, me aparece una alerta por pantalla:
«Se retrasa su viaje 1 minuto, parada solicitada por otro usuario. ¿Acepta el cambio de ruta?».
¡Oh, mierda! Se me olvidaba, en los 2.0 rara vez vas solo, ya que puede interceptar tu cubículo cualquiera hasta un retraso máximo de 3 minutos, siempre y cuando lo autorices, claro. ¡Cómo no lo voy a autorizar! Si acepto me devuelven el 40% de los créditos. Le doy a «Acepto», como siempre. Un minuto no va a ninguna parte.
Aparece otro mensaje por pantalla:
«Gracias por contribuir a un ahorro de energía. El planeta se lo agradece».
Mira tú por dónde, al final he estado todo este tiempo salvando a las abejas yo solo.
Todavía veo restos del asfalto de las antiguas carreteras en algunas zonas, el raíl de los Move-me, los túneles verticales y horizontales, los puentes e intercambiadores que conectan con infraestructuras de generaciones superiores cubren parcialmente el paisaje, a punto de amanecer. Las bolitas blancas, azules y verdes de los vehículos de distintas generaciones surcan los rieles a toda velocidad. Es hora punta.
Mi muvmí toma una vía de servicio para reducir su velocidad, pasa por un pequeño túnel y sube de inmediato hasta la quinta planta del próximo pasajero. Unos paneles se cierran para evitar mi salida, se abren las puertas y entra una mujer que debe tener mi edad, tal vez un poco más joven. Es atractiva, de imagen cuidada, concienciada con el medio ambiente como muestra la mochila de algodón orgánico que lleva al hombro.
Me saluda con un gesto de «buenos días» y sonríe de forma cordial. Su blanca dentadura está perfectamente alineada. Siento rubor con el contacto visual. Sonrío. Toma asiento.
Aparece una alerta en mi pantalla.
«¿Desea desactivar el panel de seguridad?»
La chica no parece una psicópata, por lo que pulso «Sí», no me importa conversar, de hecho, tengo bastante curiosidad por saber dónde va.
Ella mira su móvil y recibe la misma alerta, me mira, me sonríe y pulsa «No».
Entonces recuerdo mi conjuntivitis y la fobia que la sociedad ha desarrollado por los virus desde que tengo uso de razón, y no puedo más que pensar que hoy no tendría que haber ido a trabajar.
Si te has perdido algún relato, puedes verlos todos aquí.
