«Hay más días que botellines»
Dijo Miguel Ángel mientras se tambaleaba ebrio a la salida del bar. Estaba indignado porque era la hora de cierre cuando pidió su última cerveza sin éxito.
—Si hubiera sido otra época, te dejaba sacar la cerveza —se excusaba el camarero.
—No me va a ver nadie, vivo aquí arriba y me la pienso subir a casa —mintió «el Míguel».
El camarero se apiadó de Miguel Ángel y entró unos segundos. Salió de nuevo y, tras echar la verja, le pasó el botellín como te daría tu abuela las chucherías, a escondidas.
La cara de Miguel Ángel cambió del enfado a la euforia en décimas de segundo. Ni que decir tiene que no subió a su casa, sino que fuimos en busca de una discoteca donde poder continuar.
Miguel Ángel sintió la necesidad de orinar y se colocó entre dos coches mientras nosotros hacíamos cola.
Un agente de policía, vestido de paisano, se identificó delante de Miguel Ángel y añadió:
—Por favor, su documentación.
«El Míguel» terminó con una sacudida, cogió su botellín de encina del coche de al lado, metió un trago y pasó a sacar su DNI.
El policía, al ver que no se había lavado las manos optó por solicitar que le dictara el número de identificación.
Miguel Ángel dictó el número sin mentir.
—¿Que letra? —preguntó el agente.
Miguel Ángel nos vio riéndonos a lo lejos, se vino arriba y, estallando en una carcajada, soltó:
—¡K!, ¡de caraculo!
Y supongo que es por eso por lo que estamos hoy aquí, señor juez.
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