«Carpe diem» es el lema que tenemos por bandera Susana y yo. Somos amigas y vecinas desde que tengo uso de razón y fue gracias a ella que conseguí el trabajo de camarera en la barra de un pub donde ella trabajaba. No tenía ni idea de cócteles o bebidas alcohólicas, pero el hecho de que me animara con la música del garito y comenzara a bailar, gustó a los dueños del bar, y me propusieron trabajar con ella como apoyo durante los fines de semana.
Susana estaba enamorada de uno de los dueños, Nacho, y el tonteo que se traían se podía hasta masticar. El otro dueño, Paco, no era tan agraciado como Nacho, pero parecía majo.
Llegué el viernes a las ocho de la noche, todavía quedaban un par de horas para que aquello se empezara a animar con la gente que salía de las cenas de los restaurantes colindantes.
Susana y Nacho me enseñaron cómo ordenaban las botellas, y me nombraron varias marcas de cada bebida, cuánto debía poner en cada vaso de tubo, cuáles se servían en copa de balón y cómo se tiraban las cañas. Me enseñaron a cobrar, a poner su lavavajillas, qué vasos se ponían a secar y cuáles se guardaban mojados en la nevera. A las diez de la noche estaba lista.
Cuando llegó el primer grupo, fui capaz de atenderlos yo sola bajo la mirada de Susana, que observaba orgullosa.
Esa noche la barra era nuestra, si teníamos que poner copas, las poníamos, si teníamos que cobrar, cobrábamos…y si no había nada que hacer, bailábamos. Nacho y Paco estaban felices y, a la hora de echar el cierre nos felicitaron.
Salí de la barra para ayudar a recoger los vasos y cuando me quise dar cuenta, Susana y Nacho se habían desmarcado hasta el almacén. La música ya no sonaba, pero sus risas sí, hasta que se hizo silencio. Me apoyé agotada en la barra, miré a Paco y se me acercó. Se puso a mi lado, dando la espalda a la barra y recorrió mi brazo con sus nudillos, haciéndose el seductor.
«Nos hemos quedado solos. ¿Quieres que hagamos algo?»
Solo se me ocurrió gritar «Susanaaaaa».
Íbamos a volver juntas, ya que ir sola por la calle a esas horas de la madrugada me daba pavor.
Paco se dio por aludido e intentó rebajar la tensión. Se alejó ligeramente y me preguntó:
«¿Quieres tomar algo?»
Acepté su invitación. Cuando terminé la copa, apareció Susana revisándose la bragueta y sonriente… «Nos lleva Nacho a casa»
Respiré aliviada. Se acercó a mi oído y me susurró «es el hombre de mi vida»
Nacho salió a los pocos segundos.
Una vez en su coche, Susana se sentó en el sitio del copiloto, abrí la puerta de detrás de ella. Me senté y vi la sillita de bebé a mi izquierda, entonces miré a Nacho y su mano lucía un anillo de casado. Cuando llegamos a nuestras casas, no me quedó otra que contárselo a Susana que me respondió «lo sé, conozco a su mujer».
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