Pareja en yate

Relato #14 – La Lambada

Odio La Lambada, pero la bailé contigo con solo nueve años la noche que nuestros padres nos presentaron en la playa. Al día siguiente fui a un campamento en los que te enseñaban inglés, deseando que aparecieras por arte de magia en cualquiera de los sitios a los que miraba. Quince días después nos volvimos a ver y tu imagen volvió a quedarse conmigo, a quinientos kilómetros del mar.

La siguiente vez que nos vimos fue en mi casa, cuando tu familia nos visitó de manera fugaz en una parada de viaje que teníais previsto a otro lugar. Teníamos diez años y disfrutábamos jugando a pelear. Recuerdo una lucha, en mi cama, donde te dejé tumbado y, sonrientes, fijamos nuestras miradas. Si hubiéramos tenido más edad, nos habríamos besado, pero como solo éramos dos críos con conformamos con desearlo. Me asusté y pegué un brinco liberando tus manos, que todavía tenía agarradas.

Te regalé mi primer «te quiero» tallado en un pequeño disco de madera desnuda, que guardaste durante años y todavía perdura en uno de los cajones de tu cuarto, en casa de tu madre.

Cuando te fuiste, me inspiraste varios poemas que, aunque ahora miro hacia atrás y eran bastante malos, reflejaban el amor platónico que sentía.

Volvimos a vernos en Madrid, con doce años, y nuestros padres decidieron llevarnos a patinar sobre hielo. Yo no tenía ni idea, incluso me daba miedo, pero al verte a ti sobre los patines, deslizándote de espaldas, con giros y frenos, te di la mano y toda mi confianza.

Por la noche fuimos a un Burger, donde nuestros padres hicieron el tonto y terminaron por darse un pico, con una servilleta en la cabeza a modo de gorro, de pie, haciendo el payaso sin vergüenza ninguna.

Con la mayoría de edad, nos vimos en un yate y ya por la noche, en la proa, nos besamos por primera vez. Me senté sobre ti, con sendas piernas a los lados y nos pilló tu padre, prometió no decir nada y llevarse el secreto a la tumba. Nos entró la risa y continuamos hasta desnudarnos. Nos amamos por primera vez, sin ser la primera real de ninguno de los dos, pero nos amamos en secreto deseando lo imposible.

La siguiente vez fue en mi casa, sigilosamente cambiaste de habitación y te metiste en mi cama. Tus caricias me volvían loca , el deseo me hacía latir con fuerza y caer en la tentación.

Años después, hicimos el amor y fue la última vez que nos vimos en persona. Cambiaste de país dos veces y ayer coges, me llamas, y me dices que estás en España.

Han pasado veinte años, eres mi talón de alquiles, por eso te pido que no vengas, que tengo la vida hecha y tirarla por la borda me aterra.


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