Recuerdo mi primer beso, el sabor férreo que me dejaron los braquets de Adrián y ese gesto coreografiado en el cine que nos llevó a juntar nuestros labios por fin. Aquellos fueron besos largos, infinitos que nos impidieron memorizar el título de la película que no estábamos viendo.
Recuerdo mi amistad más sólida de la infancia con Xana, la mejor amiga que toda niña quiere tener, las fiestas de pijama y cómo discutíamos y nos pegábamos con su hermano mayor, porque cuando me quedaba a dormir en su casa, yo era una hermana más.
Recuerdo a Guillermo, mi primer amor. Comenzó como una historia de verano que se tornó en mi primera relación duradera. Todavía recuerdo cómo hicimos el amor, siendo la primera vez de los dos, con complicidad, cariño, delicadeza y mucha pasión.
Si algo tiene una reunión de antiguos alumnos es que es un buen momento para viajar al futuro de tu pasado en un abrir y cerrar de ojos.
Así fue cómo me enteré de que Xana tiene dos hijos preciosos, Adrián está casado con Andrea, compañera de la escuela y Guillermo vive feliz en Algeciras.
Lo que no esperaba era sentir el escalofrío recorriendo mi cuerpo al ver a José.
Recordé cada una de sus caricias en la espalda bajo la camiseta, recordé cómo fue el primero en desabrocharme el sujetador, recordé cómo con solo doce años mis brazos se tensaban para que sus manos no alcanzaran mi delantera cuando se oscurecía la clase para ver el televisor. Recordé cómo mis compañeros se hacían gestos de asombro y muecas mientras yo notaba su respiración, a veces agitada, sin mediar palabra. Me paralizaba con su presencia.
Recuerdo a Xana diciéndome en el recreo que no tenía por qué contestar, pero que me iba a hacer una pregunta:
«¿Te gusta lo que te hace José?»
Respondí sincera, con cierta vergüenza, aunque a ella no podía ocultarle nada.
Así fue como Xana se chivó a dirección y cómo le expulsaron del colegio. No me esperaba estos recuerdos porque era una reunión de antiguos alumnos y él nunca fue mi compañero de clase, se sentaba a mi lado en la última mesa durante las clases de religión.
Sentí asco, repulsión, pero la gente cambia, y, a veces la vida da segundas oportunidades. Se había reciclado y ahora ese viejo decrépito, que había sido profesor de religión, lo era de pintura con debilidades que no pasarán inadvertidas para niños como yo.
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