Te notaba distante, muy frío. Ya no te arrimabas como acostumbrabas a hacer.
Mi amigo Eduardo me comentó, que si cerraba despacio los ojos mientras te miraba, vendrías… y decidí ponerlo en práctica.
Llegué del trabajo y me preparé un té verde con una porción de bizcocho, te vi en tu sillón marrón y me miraste un instante para luego seguir mirando el televisor. Tenía que ponerme en tu campo de visión, por lo que me senté en el sofá en vez de en la cocina. Esperé a terminarme el bizcocho y tosí levemente. Quería atraer tu atención y lo conseguí unos segundos, suficiente para hacer mi caidita de ojos.
Sorprendentemente te levantaste y con total parsimonia, te tumbaste a mi lado, apoyaste tu cabeza en mis muslos y continuaste mirando la pantalla. Me relajé, sonreí y empecé a acariciarte. Sabía que te encantaba, porque parecías quedarte dormido.
De repente estallaste en ira, diste un salto retrocediendo y me enganchaste el brazo clavándome las uñas. Recordé por qué ya no lo hacía. Me dejaste sangrando, de mala hostia y gritando «¡Me cago en el puto gato!».
Si te has perdido alguno de mis relatos, puedes leerlos aquí.
