Los que fumamos sabemos que tenemos el don de llamar al autobús antes de que se vea. Solo necesitamos encender un cigarrillo para que aparezca, excepto si llueve, momento en que se esfuma nuestra magia. Hoy llueve y el autobús no viene, por lo que decido bajarme la aplicación de Uber.
Me extraña que una de las preguntas que me hagan al pedir un vehículo, además de la dirección, sea si quiero conversación.
No soy sociable, pero prefiero coger el más barato y cercano, así que indico que me es indiferente conversar o no.
La aplicación dice que el más próximo está a un minuto, por lo que me apresuro a pegar las últimas caladas a mi cigarrillo. Al minuto, estoy sentada en el coche.
El conductor, antes de salir aprovecha para enviar un mensaje:
—Disculpe, es que me ha escrito mi hijo.
—No se preocupe, no tengo prisa.
Termina de mandar el mensaje, deja el móvil en el espacio habilitado en el salpicadero, pone la dirección, arranca y continúa diciendo:
—Me separé hace un año y mi hijo vive con su madre. Tras la separación, mi hijo me odiaba, pero hace unas semanas que hemos empezado a hablar de nuevo.
—Bueno, poco a poco.
¿Pero por qué me cuenta esto? Yo no sé dónde meterme. Pienso en mirar el móvil y hacerme la loca, pero si no miro la carretera me mareo.
—Es que mi hijo tuvo problemas con las drogas. ¿Tienes hijos?
—No, no tengo.
—Cuando tienes hijos, se convierten en tu única prioridad, y cuando tienen un problema, el problema te duele como si fuera tuyo, pero con la impotencia de no saber solucionarlo. Ahora se está recuperando y ha vuelto a estudiar.
—Eso es bueno.
—Sí, estoy orgulloso de él, era difícil que saliera si no ponía de su parte… y no podía ayudarle, porque vive con su madre.
—Le ha echado ganas.
No sé cómo acertar con las palabras. Estoy alucinando con su sinceridad. Tal vez debí haber marcado que no quería conversación. Continúa contándome que ahora se mensajea con su hijo y el acercamiento progresivo que habían mantenido.
Al llegar al destino, es imposible parar delante de la puerta, así que me deja en la manzana siguiente. Llueve a cántaros y tengo que correr hasta llegar al portal. Cuando llego a casa de Luis, tengo un nuevo mensaje de la aplicación solicitando que puntúe al conductor. Como ha sido majo y me ha traído sin problemas le doy la máxima nota. Acto seguido me aparece otra notificación preguntando si quiero darle propina. Después de nuestra conversación las ganas de mejorar su día se apoderan de mí y le doy cinco euros que, teniendo en cuenta que el trayecto ha sido corto, es bastante más de lo que daría en condiciones normales.
A la vuelta pido otro Uber, y esta vez, y decido marcar «mantener una conversación», ser sociable, de vez en cuando, tampoco está tan mal, nunca sabes a quién puedes terminar alegrando el día.
Llega el coche, entro y saludo al conductor.
—Disculpe, es que me ha escrito mi hijo.
—No se preocupe, no tengo prisa.
—Es que me separé hace un año…
—¿Es usted el conductor que me dejó aquí hace cuatro horas?
El conductor asiente, calla y conduce en un incómodo silencio hasta mi casa.
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