«¿Cómo os enamorasteis mamá y tú?» Me pregunta mi hija de 6 años.
Irene, de vez en cuando, intercambiaba ropa con su hermana. Aquel día llevaba unos botines que le iban bastante grandes, pero que combinaban a la perfección con el vestido verde que había elegido para la reunión del amigo invisible. Yo esperaba esa fecha con ilusión, porque me había tocado ella en el sorteo y era mi única oportunidad para sorprenderla sin resultar demasiado descarado.
Quedamos para cenar y fuimos todos puntuales, bueno, todos menos Merche, que siempre llega tarde. Como la conocemos de sobra y sabíamos que se podía retrasar media hora o dos y que siempre decía que ya estaba llegando, decidimos ir pidiendo.
Cachopos, croquetas, huevos con jamón, sepia a la plancha, unas bravas… y jarras de cerveza y sangría para todos.
A las dos horas, estábamos todos alegres y con la tripa llena, incluso Merche que había llegado una hora tarde. Decidimos ir juntando restos de comida para liberar la mesa y Juanillo, que estaba en un extremo, lanzó un trozo de cachopo a Gema, que no paraba de hablar, para comunicarle que era la hora de dar los regalos. Gema se vengó lanzando una patata, falló y terminó dando a Manu. Se convirtió en una guerra de comida que terminó con todos en la calle.
Nada iba a estropear nuestra fiesta y ahí mismo, en la puerta del bar, empezamos con los regalos. Me tocó un set de aceites que, viendo el precio actual, era un regalazo. Yo le di mi regalo a Irene, fanática de las hierbas; era un juego de té con tazas artesanales y con infusiones de varios tipos que le encantó. Miguel, regaló un balón de fútbol a Juanillo, con el que empezamos a jugar.
Irene, feliz, decidió dar una patada al balón, pero la dio al aire y su bota salió despedida hacia el contenedor de basura. Me ofrecí a meterme en el contenedor para recuperar su botín, pero se empeñó en entrar ella. Tuve que alzarla para que pudiera entrar…. Pero luego no podía salir. Así que me metí con ella.
Juanillo decidió poner en marcha el contenedor empujándolo por la avenida y nosotros, borrachos, decidimos replicar la escena de proa del Titanic en la que, con los brazos en cruz, el viento chocaba con nuestras caras. Irene decidió darse la vuelta, me abrazó y Juanillo detuvo el contenedor. Irene levantó su rostro y me besó. Yo ya estaba enamorado, pero ese fue el momento en que se enamoró ella.
Así que, tras pensarlo mucho, y hasta que cumpla treinta años, mi respuesta siempre será:
«Nos enamoramos en una biblioteca».
Si te has perdido alguno de mis relatos, puede encontrarlos pulsando aquí.
