Existe una ley no escrita que consiste en que, si una amiga tuya se enrolla con un chico, ya no tienes derecho a besarle, aunque yo tenía echado el ojo a César primero, antes de que se liara el sábado pasado con Tatiana.
Sabía que yo le gustaba, pero no me atrevía a dar el primer paso y se me adelantó, técnicamente se pasó mi turno. Sin embargo, esa boca carnosa me despertaba un deseo difícil de controlar, esas miradas que me echaba incluso cuando la besaba, no me dejaban pensar en otra cosa que no fuera apartar a mi amiga y arrojarme a sus brazos.
Por primera vez sentí celos de Tatiana. Intentaba justificar un posible desliz con César, pero Tatiana no me lo perdonaría…
César volvió a besarla siguiéndome con la mirada mientras yo me dirigía hacia la barra, me sentía orgullosa, pero frustrada.
Tatiana llevaba varias cervezas, y tuvo la necesidad de abandonar a César unos minutos para ir al servicio. Me acerqué con mi copa insinuante, apoyé mi vaso de tubo en una mesa de las altas, me acerqué, le agarré del cuello, me puse de puntillas y mordisqueé esos labios que me llamaban.
César me agarró de la cintura y de la nuca, y me apretó contra su cuerpo mientras yo le besaba. Sus manos bajaron a mis nalgas y entonces noté unos golpes en la espalda, me di la vuelta y era Tatiana.
Solté a César, me di la vuelta y agarré a Tatiana, la besé con ganas para que me perdonara dejándola desconcertada. Luego hice bomba de humo y me fui a casa.
Ahora estamos a jueves y llevo toda la semana esquivando sus WhatsApp.
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