«No hay huevos» le dijo Yeray a Juancar una noche calurosa de agosto.
Juan Carlos estaba dubitativo, aunque lo deseaba, era su primera vez. Yeray le imponía demasiado como para negarle ese capricho. Yeray era surfero y tenía el cuerpo definido con unos pectorales que se marcaban a través de la camiseta, sin embargo, Juancar, era uno más del montón. Juancar era sepulturero y, acostumbrado a su día a día, pocas cosas le producían ya adrenalina.
Se sentía halagado de Yeray quisiera hacerlo con él, aunque Yeray fuera varios pasos por delante y, a veces, le costara seguirle. Juancar notó el nerviosismo de Yeray y no pudo evitar mostrar una leve sonrisa.
«¿Hay huevos o no hay huevos?» susurró Yeray mientras se acercaba.
Juancar asintió, redujo la distancia que todavía les separaba y se posicionó a su lado. Yeray entonces se puso detrás de Juancar, le agarró del culo y le ayudó a saltar la valla. Yeray fue el último en saltarla.
Juancar empezó por la camiseta, Yeray por el pantalón y, a los pocos segundos, los dos estaban desnudos. Los nervios iban en aumento.
«Hay huevos» susurró de nuevo Yeray.
«Claro que los hay» contestó en el mismo tono Juancar.
Entonces Yeray se arrimó a las escaleras, pero Juancar decidió lanzarse de golpe, se metió dentro sin avisar. Su intento por minimizar el impacto de su zambullida fue en vano.
Se asomó un vecino a la ventana y gritó:
«¡Eh! ¡vosotros! ¡los de la piscina!¡Salid de ahí!»
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