A veces, deshacer lo andado es la solución. Soy experta en huir de las bodas, pero solo de las mías.
La primera vez que me pidieron matrimonio, fue en la despedida de un amor de verano. Éramos muy jóvenes, pero nuestro amor era la envidia de todo el grupo de amigos. Nos despedimos, como cada final de estación, en la puerta de su casa y luego bajé en ascensor. Él bajó las escaleras a toda prisa y para cuando llegué abajo, estaba esperándome con lágrimas en los ojos y deseando abrazarme una vez más. Lloré yo también entonces y me hizo la declaración con intención de futuro que cualquier persona estaría feliz de escuchar.
En cuestión de diez minutos, estábamos prometidos para casarnos en 5 años, cuando termináramos los estudios y tuviéramos una base sólida para emprender una vida juntos.
Lo teníamos todo; amor, juventud, ganas y toda la vida por delante juntos… pero había mucha distancia y grandes espacios de tiempo en los que no nos veíamos… que terminaron por marchitar nuestra relación. Habría sido bonito poder con todo, pero la realidad te pone en suelo firme y las nubes en las que vives, se van esfumando lentamente, hasta que queda un día soleado sin sueños que alcanzar.
La segunda vez no hubo petición como tal, simplemente hablábamos de un futuro juntos que lo incluía todo… y cuando lo dejé, supe que él imaginaba que nos casaríamos y envejeceríamos juntos, pero ya no había marcha atrás.
La última vez hubo una petición en toda regla, hincó rodilla delante de mi familia para formalizar la pedida de mano. Terminé con un anillo en mi dedo y un «sí» como una catedral. Me emocioné tanto que estuve llevándolo varios días holgado, sin arreglar, con el riesgo de perderlo cada vez que me lavaba las manos.
Volvieron las nubes en las que flotar y cegarme haciendo planes que nunca ocurrirían.
Reservamos una finca, un fotógrafo y compré un precioso vestido de corte princesa. Hicimos la lista de invitados y lo comunicamos, con año y medio de antelación.
Tener la boda en el punto de mira te hace replantear toda la vida que esperas; donde vivir, si cambiar de trabajo o no, si se desea tener hijos… incluso cómo educarlos. Lo que parecía una continuación de vivir juntos, se convirtió en un cinturón en la garganta que me ahogaba cada vez un poco más. Las notables diferencias en nuestras expectativas se clavaban en mi corazón creándome una cárcel imaginaria en la que no estaba dispuesta a meterme.
Necesitaba quedar con mis amigos sin él, necesitaba un desahogo que en su presencia no podría tener.
Opté finalmente por cancelarlo todo; se lo comuniqué a mi pareja, volví a casa de mi madre, se lo confesé a mi familia, amigos e incluso a mis jefes del trabajo donde había avisado con tiempo suficiente para que gestionaran mis días de permiso. Hablamos con la finca, el fotógrafo y me quedé el vestido de princesa sin arreglar.
Ahora, cada vez que sueño, visualizo el vestido de novia, que todavía guardo en un armario, recordándome que no flote entre las nubes, que no me debo prometer y, mucho menos, casar.
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