Cuando contratamos a Iria como empleada de hogar, Laia y yo solo pensábamos en que nos ayudara con las tareas domésticas. Laia me dejó hace un año, pero no quise despedir a Iria, porque seguiría necesitando un apoyo con la limpieza y la plancha, aunque tuviera que correr con los gastos yo solo.
Mi jefe decía que había bajado mi rendimiento desde entonces y que me centrase. Lo achacaba a mi estado emocional tras la ruptura, pero nada más lejos de la realidad. Echo de menos a Laia, todavía la quiero, pero no puedo evitar fijarme en Iria; en su silueta, su sonrisa y ese acento canario que me desconcentra mientras teletrabajo. En mi fantasía sueño, cada vez que hace mi habitación, con ir para allá con cualquier excusa y aprovechar el mínimo atisbo de coqueteo por su parte para hacerla mía sobre el colchón.
Hoy Iria se ha retrasado quince minutos y ha venido al despacho a disculparse, pero yo estaba en una llamada y no he podido atenderla como me habría gustado.
Ahora que he colgado, decido ir a hablar con ella, por si le ha ocurrido algo. Entro en el salón y la pillo cambiándose, en sujetador. Ella me sonríe mientras termina de subirse los pantalones y me disculpo tapándome la cara. Ella responde «no tiene importancia» mientras una sonrisa más pícara transforma su cara.
Mi cabeza va por libre, me pongo nervioso con las ideas que atraviesan mi mente y no puedo evitar tener una erección. Iria baja su mirada y se percata de la situación. ¡Ya no hay vuelta atrás! Dudo unos instantes, pero ella se acerca decidida, me besa y damos vía a libre a la pasión entre los dos.
Unas horas después, debo volver a conectarme y, en su presencia me es imposible, por lo que le doy el resto del día libre.
Cuando apago el ordenador, miro el móvil y tengo un mensaje:
«Te echo de menos, te quiero. ¿Nos vemos?»
Es Laia.
Si quieres leer mis otros relatos, los tienes aquí.
