Casa rural

Relato #28 – La casa rural

Lo peor de ir a una casa rural con los amigos, sin duda, es limpiar al final. Tengo la sospecha de que Mariano es un gran ilusionista. Me da la impresión de que se libra de esta tarea tediosa en el último momento y, sin embargo, no tengo pruebas.

Me recuerda a uno de mi trabajo, que da tanta guerra con cada cosa que hace, que parece que ha salvado el mundo, aunque solo haya hecho una diapositiva; te pregunta cómo hace para cambiar la plantilla, para cambiar el formato de las letras, para incrustar una imagen… y al final, consigue una dispositiva vistosa que le ha llevado tres horas del trabajo de sus compañeros.

Pues Mariano era igual cuando tocaba recoger.

Esta vez, le seguí de cerca. Me fijé que fue el último en hacer la maleta con la excusa de que eran cuatro cosas. Él aprovechaba para tomar el sol, y cuando llegaba la hora fregar platos, comenzaba a guardar sus cosas. Estaban esparcidas por el jardín, por lo que le veías moviéndose de un lado a otro con los productos típicos de piscina en sus manos.

Cuando terminó, para mi sorpresa, cogió un trapo. Comenzó a limpiar la mesa, que seguía con restos de comida. Vi como tiraba la porquería al suelo, y no fui la única, Danna también lo vio y le quitó el trapo para hacerlo ella.

Acto seguido cogió una escoba, y lejos de barrer lo que acababa de tirar, pasaba la escoba por los pies de la gente, hasta que Óscar, le quitó escoba para hacerlo él como se debe hacer, con un orden y apilando la suciedad en montoncitos.

Entonces vi a Mariano abrirse una de las cervezas de la nevera y esperar pacientemente a que la casa se recogiera sola.

¡Qué crack! ¡Parece que ha estado en todo y no ha hecho nada! Así que, con todo mi descaro, aproveché que dejó la lata en la mesa para apagar mi cigarrillo dentro y cuando le metió un sorbo y se moría del asco le dije:

«No pensé que estuviera llena, anda tírala y ayuda con las bolsas de basura, por fa»

Mariano obedeció y yo… me abrí una Coca-Cola.


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