Vaso de yogurt

El vaso de yogurt

Primavera de 2004

Spin-Off #1- Malditos todos

Dicen que el aprendizaje de la niñez te acompaña el resto de tu vida, y Rodrigo tenía 5 años cuando experimentó con una lenteja, un vaso de yogurt y un algodón humedecido con agua.
La ilusión que le hizo ver germinar la legumbre se asemejaba mucho a la que le hizo apreciar cómo asomaban los cotiledones de sus últimas plantas en la mañana de su 18 cumpleaños.
Mi madre estaba acostumbrada a los experimentos de mi hermano pequeño, que tenía una mente ágil e inquietante a partes iguales. Yara, mi hermana mayor, solía decir que no se le ocurría nada bueno, pero su afán floricultor superó nuestras expectativas con creces.
En plena floración, cortaba las ramas y las ponía a secar bocabajo en la bodega, para que la savia se concentrara en la flor y mantuviera su esencia. El segundo paso, consistía en deshojar las ramas. La imagen de nosotros tres sentados en la habitación de mi hermano realizando esta tarea se me antojaba divertida. Yara y yo sobre su cama, Rodri en una silla de ordenador y mi madre entrando y saliendo de la habitación sin querer tocar nada. Nuestros dedos se volvían pringosos y podíamos hacer pelotillas con lo que impregnaba nuestras manos. El olor era denso, las risas contagiosas y el ambiente relajado, como si lo hiciéramos a diario.
Las flores eran hermosas, verdes, cubiertas de gotitas blancas que le daban ese toque misterioso que envolvía su leyenda.
De vez en cuando aparecía una semilla diminuta, que podría haber estropeado la cosecha. La retirábamos con sumo cuidado, almacenándola en un sobre de papel para el año siguiente.
Las flores secas se guardaban en cajas de cartón para que la humedad de un tarro de cristal no provocara la aparición de hongos. Aprendimos a la fuerza, con ensayo, error y, con el tiempo, con bastante documentación.
¬—¿Queda algo en la bodega? —nos interrumpía mi madre desde la puerta de la habitación.
—Son las últimas, ¿verdad Eva? —contestaba Rodri.
—Sí, ya está todo limpio abajo —asentí yo.
—¡Qué ganas tenía de deshacerme de esa hierba! ¡Cómo olía el garaje! —confesaba mi madre mientras se resistía a llamar a «esa hierba» por su nombre, María.


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