Yo era una viciada del Sim City, pasaba tantas horas jugando que empecé a observar las ciudades de otra manera. Sabía dónde se podrían usar unos molinos para generar energía eólica, dónde haría falta un metro, qué tipo de carreteras deberían ocupar las calles y cómo hacer para que los árboles no murieran a su alrededor. Había zonas donde se me antojaría poner un río, una playa o que dejaría salvajes para hacer un parque natural.
Me gustaban las parcelas de juegos y de ocio, y siempre mejorarían en unos puntos la felicidad de los vecinos.
En cuanto a los servicios públicos, ninguna zona debería quedar abandonada a la suerte, ni en seguridad, ni en sanidad, ni en cultura, aunque eso siempre desequilibraba el balance.
A veces, inyectaba de manera extraoficial, un montante a los fondos del municipio, porque construir la ciudad perfecta desde cero solía terminar en números rojos si no subía los impuestos.
¿Es eso lo que se hace con las subvenciones cuando los presupuestos no dan más de sí? ¿Se falsean los números para conseguirlas? ¿Existen las trampas en el mundo real?
Mi cabeza divagaba mientras paseaba bajo mi casa. Miraba las obras con ojos diferentes a los de la mayoría; veía proyección de futuro, imaginaba un barrio mejor y evolucionado. A veces, visualizaba el crecimiento de los edificios con su musiquilla de fondo. Era muy adictivo.
Sin embargo, mi chico juega al Counter-Strike y, mientras paseamos por la calle y yo veo vecinos insatisfechos por culpa de las carencias de la ciudad, me pregunto si él se imagina gilipollas a los que observar a través del visor.
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