Era mi primer trabajo como camarera. Apenas podía cargar con esas bandejas redondas, que ya pesaban de por sí, por lo que llevarlas con una sola mano y con bebidas, para mí era impensable.
Mi jefe se dio cuenta enseguida de mi poca habilidad, y decidió dejarme atendiendo la barra.
«Recuerda; el cliente siempre tiene la razón» apuntilló.
Él comenzó a atender las mesas y yo servía los cafés. Durante los primeros días me sentí un lastre en aquel bar.
Al principio, la relación uno a uno se me daba bien, el problema empezaba cuando llegaban grupos de varios clientes y cada uno ordenaba un tipo de café, de temperatura y de leche. Requería demasiada memoria y yo no estaba acostumbrada.
Dos semanas después, si querían un chorrito de whisky y sacarina, perfecto, yo se lo echaba, si querían canela, la espolvoreaba, si deseaban más o menos espuma yo me las ingeniaba para que quedara una taza decente.
Jamás llevaba la contraria, recordaba las palabras de mi jefe y sabía que incumplirlas podría ser un problema similar al de no cobrar al cliente. No podía suceder bajo ningún concepto.
Así aguanté varias semanas, incluso aprendí a lidiar con Carmen.
Carmen era una clienta insatisfecha de serie, siempre quería más o menos de lo que se le servía; solía pedir café descafeinado de máquina, con leche de soja, espuma, sacarina y canela, en taza y acompañado de un vaso con hielo y otro de agua. Lo quería ardiendo y siempre lo recalcaba.
Una tarde sorprendí a Carmen preguntándole «¿Lo de siempre?»
Ella asintió un poco molesta, como si verbalizar lo que quería fuera parte del ritual al que estaba acostumbrada.
Le serví su taza, su vaso con hielo y otro con agua.
Sin probar el café humeante me preguntó «¿puedes calentármelo un poco? Se nota que está frío»
«El cliente tiene siempre la razón» resonó en mi cabeza.
Metí la taza en el microondas y cuando programé el tiempo y pulsé el botón de encendido empezó a burbujear salpicando todo el interior.
«¿Lo quiere así o se lo caliento un poco más?»
Desde ese momento Carmen notó que siempre le daría la razón; ya no volvió a tener interés en llevarme la contraria porque su voz en nuestro bar siempre sería escuchada, y saberlo… era lo único que necesitaba.
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