Química

Relato #34 – Química

El mismo día que Sonia recibió una carta de amor de Ricardo, Iván, su profesor de Química, la recibió de Sonia.
Sonia era una adolescente con deseos de adulta, demasiado madura para ser menor de edad. Ricardo era un chaval imberbe, que suspiraba por Sonia y no podía más que darse la vuelta en clase para mirar hacia su sitio. No podía controlar dónde miraban sus ojos, ni su inocencia ni sus intenciones de conquistarla.
Sonia, por el contrario, esperaba a que llegara la clase de Química para quitarse el jersey, soltarse la coleta o contonearse mientras iba de camino a la papelera para sacar punta al lápiz que jamás usaba, ya que escribía a boli.
Su sexualidad estaba en plena ebullición e Iván ni siquiera lo sospechaba.
Ricardo pasaba completamente desapercibido para Sonia, sin embargo, la inteligencia de Sonia y su agilidad mental, hacían que fuera la favorita de Iván.
Ricardo, en un acto de amor un tanto desesperado y, aprovechando que se acercaba San Valentín, escribió un poema firmado que dejó en el estuche de su compañera.
A Sonia le pareció romántico y, aunque infantil, le dio una idea sobre cómo proceder con Iván.
Se armó de valor y escribió una declaración de amor en prosa, evaluando los puntos a favor de una posible relación y detallando los meses que quedaban para su mayoría de edad. El amor le impedía ver fallos en su lógica.
Esperó al jueves, día en que Química era la última asignatura del día. Tardó en salir un poco más de lo habitual quedándose a solas con Iván. Se acercó a su mesa y con la seguridad que da la ignorancia, le tendió la carta a su profesor.
Iván se quedó extrañado, pero prometió leérsela.
Esa noche Sonia apenas pudo pegar ojo y aprovechó para estudiar.
El viernes Ricardo esperaba una contestación de Sonia que no llegaba, ya que ella esperaba a su vez una reacción por parte del profesor.
Empezó la clase de Química e Iván sacó a Ricardo a la pizarra. Sin duda, no era el mejor día de Ricardo. Le ordenó apuntar la solución del ejercicio que había mandado hacer en la clase del día anterior. Iván era muy estricto y separaba los espacios en tiempos de atender y tiempos de tomar apuntes. Se enfadaba si veía a alguien escribiendo cuando no tocaba. Era el momento de atender.
Ricardo cometió un error en la pizarra que a Sonia le chirrió en la cabeza. Esperaba que Iván se diera cuenta y prefirió no dejar en evidencia a su compañero, pero al ver que los minutos pasaban, que se aproximaba el momento de tomar apuntes y que la solución estaba mal, no tuvo más remedio que levantar la mano.
Iván optó por echarla de clase, lejos de dejarla hablar, y el corazón de Sonia rompió a llorar en su interior. Mantuvo la compostura como puedo, se levantó de su sitio y se dirigió al pasillo, donde la acababan de mandar.
Dos minutos después, Iván abría la puerta de clase; había ordenado nuevos deberes y dejaba unos minutos para su realización. Salió al pasillo y cerró la puerta. Sonia estaba confusa y temerosa de su reacción.
Iván se disculpó con ella, le dijo que sabía que el ejercicio estaba mal, pero que debía dar cierta confianza y seguridad a Ricardo, que eso le ayudaría a mejorar.
A Sonia le daba igual, lo único que quería saber era si había leído la carta y los filtros todavía no habían llegado a su forma de verbalizar lo que pensaba:
«¿Has leído mi carta?»
Iván sonrió y el corazón de Sonia dejó de llorar.
«Soy tu profesor y jamás te miraré con otros ojos que no sean de un profesor a una alumna, anda, entra en clase»
Sonia deseó estar fuera un poco más, pero acató órdenes y volvió a entrar.
Esa tarde Sonia tuvo que comunicar a Ricardo que le quería «como amigo» antes de irse a su casa decepcionada. Ricardo, no tuvo ni ganas de merendar, e Iván se sorprendió mirando el calendario y contando los meses que quedaban para que Sonia fuera mayor de edad.



Descubre más desde Beatriz Gª. C.

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

Deja un comentario