Antonio es el típico compañero al que le da igual todo; un día se plantó en chándal en las oficinas del cliente. Mi jefe, tuvo que darle un toque de atención y esconderlo durante horas en las salas de reunión con su portátil. Le dijo que no podía ir en chándal a trabajar. Antonio alegó que era el traje del Real Madrid y que costaba más que lo que llevaba puesto mi jefe.
No sé hasta qué punto un contrato puede condicionar tu forma de vestir, pero se trataba de sentido común; tampoco se me ocurriría ir en traje de baño a trabajar. No era cuestión de lo que costara lo que vestía, pero él no quería entenderlo, se regía por el valor económico de las prendas para saber si era elegante o informal.
No le echo nada en cara, yo nunca he sabido combinar la ropa. Mi criterio hasta la fecha había sido ponerme camisetas y pantalones negros; el negro en mi mente es elegante, aunque se trate de una camiseta de tirantes de algodón básica, siempre y cuando se acompañe del calzado adecuado. Mi regla de oro era no ir en deportivas. Me daba igual si pensaban que era gótica, la realidad era que, salvo los vaqueros que pegan con todo, me suponía un dolor de cabeza saber qué tejido o color ligaba bien con otra prenda de diferentes características.
Algún día he arriesgado y al volver a casa, mi hija me ha preguntado sorprendida si he ido así a trabajar. Por lo visto azul abajo, con azul en el medio y con azul arriba no pega. Lo que para mí era una combinación perfecta, para mi hija de 4 años no lo era tanto y mi chico le daba la razón.
Otro día hice la misma prueba con todo blanco. Los entendidos dirán que es un color neutro, pero todos pensaron que se celebraba una fiesta ibicenca y no se habían enterado.
¿Por qué con el negro no pasa lo mismo?
Así que, aun a riesgo de parecer gótica, tengo el armario repleto de prendas negras y cuando se muera Antonio, estaré preparada e iré con mi chándal negro a su funeral.
