¿Crees en las señales? Amaia sí creía, por eso, cuando se le rompió el llavero al atravesar la puerta de casa, supo que había cometido el mayor error de su vida.
Horas antes había quedado con Leo, que llevaba seduciéndola tres semanas por una aplicación. Amaia jugaba con cada una de sus lanzas, a menudo devolviéndolas con un efecto boomerang, pero jamás pensó que caería en sus redes, aunque la química, que existía entre los dos, era evidente para ambos.
Leo quiso prestarle un libro, para conocerla mejor, y esa fue la excusa para quedar a tomar café una tarde.
Entre sorbo y sorbo, Leo sacó el libro y Amaia alucinó, porque era el que descansaba también sobre su mesilla de noche. Era una señal. Las ganas de besarle se multiplicaron y cuando Leo se acercó, no esquivó su mirada, ni sus labios, ni nada.
Leo había sido precavido, y tenía una habitación reservada dos plantas sobre la cafetería; cuando le enseñó la llave, Amia no fue capaz de reaccionar. Sus pupilas dilatadas aceptaban cada propuesta que Leo imaginaba. Subieron a la habitación 203. ¡Cómo olvidarla!
Amaia ahí había perdido el miedo, la vergüenza y hasta las bragas, sin embargo, había ganado en autoestima. Se sentía bella de nuevo, como si hubiera olvidado que lo era y Leo se lo hubiera recordado acariciando cada parte de su cuerpo con suavidad, firmeza y ganas.
Hicieron el amor varias veces, y descansaron juntos después hasta que Amaia miró la hora y se apresuró a vestirse. Besó con la boca ardiente a Leo y se despidió.
Todo eran nervios e ilusión, hasta que sacó las llaves del bolso y tropezaron con el bolsillo interior. Pegó un leve tirón y la chapita del llavero se desprendió.
Cayó al suelo hacia arriba, donde todavía podía leerse:
«Ninguna casa como mi hogar»
Se le encogió el pecho, abrió la puerta y ahí estaba su marido esperándola para cenar.
