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Cartas de tarot

Los puestos medievales

Enero de 1999

Spin-Off #2- Malditos todos

Mis padres me comentaron que habían visto una feria de puestos medievales en un centro comercial de la zona. ¡Me encantaban los puestecillos!
Samuel, Yara y yo decidimos ir con parte de nuestros ahorros después de comer.
Yara y Samuel tenían la mayoría de edad, a mí todavía me quedaban dos semanas. Samuel ya tenía carnet de conducir, fue de los primeros en sacárselo y nos fuimos en su coche. Íbamos con la idea de adquirir incienso, alguna vela original y tal vez algo de bisutería.
Cuando llegamos vimos pequeñas carpas textiles que escondían artes adivinatorias en su interior. En una de ellas te echaban las cartas, en otras te leían la palma de la mano. Se nos iluminó la cara. Todos queríamos conocer nuestro porvenir.
Samuel fue el primero en entrar.
—¿Qué tal ha ido? —preguntó Yara.
—Tengo las manos sanadoras, son manos curativas. También me ha dicho que me casaré. Ya te digo yo que no.
Nos reímos un buen rato a costa de Samuel y del poder sobrenatural de sus manos, siempre ardientes. Sin duda, es lo que debió detectar el intérprete. La debilidad de Samuel eran los hombres con barba tupida, y por aquella época los matrimonios entre personas del mismo sexo no estaban permitidos en España, por lo que le pareció del todo desacertada la predicción. Tras las risas, algo nerviosa, entró Yara. Salió ilusionada, con una amplia sonrisa y con ganas de contarlo todo.
—¿Qué te han dicho? —curioseé impaciente.
—Me voy a enamorar de un hombre mayor que yo, canoso. Será el amor definitivo—sonrió Yara orgullosa.
—¡Oh! ¡Qué guay! —se me erizó el vello mientras abría los ojos y la boca por competo. Apostaría lo que fuera a que era la mejor noticia que podía haber dado a mi hermana, que se sentía abandonada a su suerte en el amor.
—Te toca — dijo Yara mientras me empujaba hacia la entrada de la caseta.
Avancé temerosa. El interior solo disponía de dos cojines en el suelo, uno para el intérprete y otro para mí. El intérprete tenía una extraña expresión inocente; ojos saltones, imberbe y pelo corto, en contraste con lo que yo esperaba; una bruja de uñas largas que emanara algo de misterio.
—¿Qué te gustaría saber? Hazme una pregunta —me dijo en cuanto me senté delante.
—¿A qué voy a dedicar mi vida? Y por favor, no me digas nada malo, que no estoy preparada.
—Está bien. ¿Conoces a la chica que ha entrado antes?
—Somos hermanas.
Él asintió, cogió mis manos y puso una baraja en ellas. Me concentré en lo que quería saber. Debía decidir mi futuro en los próximos meses y no tenía nada claro a qué me dedicaría el resto de mis días. Decidirlo a tan temprana edad me parecía una locura.
Cedí la baraja. Él se concentró unos instantes y empezó a voltear las cartas de una en una.
—Quieres muchísimo a tu padre.
—Claro —asentí yo.
—No, perdona. Me refiero a que es un hombre realmente cojonudo y que sientes orgullo.
Presumir de la vida de mi padre, sus proezas en el mundo de la televisión tras las cámaras, su ávido sentido del humor y el cariño con el que nos trataba a toda mi familia no era para menos.
—Sí, es excepcional —contesté intrigada.
¿Qué tendría eso que ver con mi futuro laboral?
—Vas a estudiar dos carreras o caminos, los veo claramente diferenciados. Poco o nada relacionados entre sí.
Estudiar dos carreras me parecía interesante, pero poco probable.
—Suspenderás todo por culpa de un hombre.
No daba crédito. Mis notas siempre habían sido impecables y suspender una asignatura no entraba en mis planes, menos aún todas. ¡Menos mal que le había dicho que no me dijera lo malo!
El intérprete seguía dando la vuelta a las cartas.
—Una amiga tuya te va a traicionar y también veo que tendrás un gran éxito en un viaje.
Tras pagar con quinientas pesetas, salí con más preguntas que respuestas. Samuel y Yara estaban expectantes.
—¿Qué te ha dicho?
—Muchas cosas, pero sigo sin saber a qué me voy a dedicar.
Les conté todos los detalles.
—A mí no me ha comentado nada de papá —comentó Yara extrañada.
Me encogí de hombros sin entender nada.
Al llegar a casa le contamos las predicciones a mis padres. Mi padre estaba feliz, mientras mi madre miraba con cierta pena porque no hubieran hablado sobre ella.
—Os quiero a los dos por igual —les dije en cuanto tuve ocasión.
Mi madre sonrió aliviada y me besó en el moflete mientras me estrujaba en un abrazo.
Unas semanas después, mi padre falleció. La expresión del intérprete se me quedó grabada, aunque yo fuera pésima recordando caras. ¡Me lo habría dicho de no ser por las limitaciones que le puse! Ese verano mi novio me fue infiel con mi mejor amiga. La suerte de Yara no se materializó de forma instantánea, no encontró al hombre canoso hasta una década después. Siempre pensé que había muchas otras cosas que no se habían cumplido, pero mi vida no había terminado y quedaban estas y muchas otras historias por suceder.


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