Diciembre de 2005
Spin-Off #3- Malditos todos
El día que Juanjo interceptó a Eva cuando se dirigía a su puesto de trabajo, fue con una propuesta que la pilló desprevenida. Juanjo sabía que Eva había sido gimnasta, y pensó en ella al enterarse de que Lorenzo Álvarez Cabello necesitaba una bailarina que posase para él.
Lorenzo era un reconocido pintor hiperrealista que había recibido un encargo; un cuadro de dos metros por dos en el que figurase una bailarina. Conocía a una amiga de Juanjo que trabajaba en MadTelco y fue ella quien se lo comentó a Juanjo.
—Yo encantada —se ilusionó Eva.
Juanjo pidió el teléfono del pintor y se lo hizo llegar a Eva en un mensaje. Cuando Eva habló con Lorenzo, este la citó en una nave de San Lorenzo de El Escorial pagándola a cambio de dos horas de trabajo.
Eva estaba decidida, sin embargo, no tenía ropa apropiada para una bailarina, problema que resolvió Lorenzo pidiendo prestadas unas prendas a su sobrina, que no quería posar. Consiguió un maillot rosa pálido y unas desgastadas zapatillas de ballet blancas.
Al llegar a la nave, una sensación extraña invadió a Eva. Era emocionante posar para un reconocido pintor, pero el sitio le producía escalofríos. La puerta de metal tenía la pintura levantada y dejaba entrever el óxido entre las grietas, pero pensó en Juanjo y que aquel hombre sería de fiar. Llamó al timbre esperando encontrarse más cómoda cuando lo conociera en persona.
Lorenzo entornó la puerta para luego empujarla de forma brusca transformando el silencio del lugar en un alarido metálico ensordecedor. Eva miró a Lorenzo y el recuerdo de los puestos medievales de varios años atrás retomó vida en su cabeza. Esos ojos saltones y esa expresión en su cara imberbe le resultaban familiares.
—Me suena tu cara. ¿Alguna vez has trabajado leyendo el porvenir?
Lorenzo pareció incomodarse con la pregunta.
—Siempre he sido pintor.
—Te habré confundido con otra persona, disculpa —mintió Eva.
Estaba convencida de que se trataba de la misma persona.
—¿Vienes de muy lejos? —preguntó al tiempo que se retiraba del portón para dejarle paso.
—Pozuelo, no mucho.
—¿Lo has encontrado fácil?
—Más o menos —sonrió Eva mientras pensaba en la aventura que había sido encontrar la nave.
Lorenzo guio a Eva hasta una sala con un calefactor al lado de una alfombrilla, donde ella debía cambiarse. Lorenzo fue a la sala contigua donde tenía todo el material que necesitaba para tomar las fotos a Eva que después llevaría al lienzo.
Eva estaba congelada en una sala vacía de quince metros de largo por diez de ancho. Se arrimó al calefactor y se cambió las prendas convirtiéndose en una bailarina. Había madrugado para hacerse un recogido alto en el cabello. Salió de la sala sintiendo el frío entrar por los pies. Las zapatillas apenas protegían de la temperatura del suelo de la nave.
Al llegar a la sala donde se encontraba Lorenzo, observó cuadros terminados. Todos tenían en común algún objeto que emanaba energía que desentonaba con el resto de los elementos del lienzo. En uno de ellos aparecía una pila como fuente de energía, haciendo honor al pintor cuyo nombre coincidía con uno de los nombres de nuestro sol. A Eva le pareció extraño, pero… ¡Qué sabría ella de arte!
Posó obediente tal y como se lo solicitaba Lorenzo, y descansó unos instantes encogida por el frío.
El pintor cogió la cámara y comenzó a sacarle fotos mientras Eva, consciente, posaba en una actitud más relajada y despistada. Pronto terminaron la sesión y Eva se cambió de nuevo. Lorenzo acompañó a Eva y, tras despedirse con dos besos y separarse unos pasos, Lorenzo le gritó desde la puerta oxidada:
—¡Vas a tener una historia de amor preciosa!
Eva se giró, sonrió y alzó la mano despidiéndose de nuevo.
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