Mirar por la ventana sin ser vista tiene su gracia, aunque deja de tenerla cuando te pillan y tienes que disimular.
Esta mañana vi cómo la ambulancia se llevaba a un herido, aunque no tenía claro si había sido tras un atropello de camión, de coche o de moto. Todo estaba paralizado. Se podía oír el ni-no-ni-no del vehículo sanitario, había restos carmín sobre la escena donde las hojas verdes, ocres y amarillas campaban a sus anchas entre los utensilios que se utilizaban para salvar al sujeto.
Un bañista se ofrecía a ayudar, al igual que su perro guía y la que cargaba con una mochila más grande que ella.
Me cuesta reconocerlo, pero estaba disfrutando de lo que veía… todo tenía cabida para salvar su vida. El objetivo era compartido por todos… sin luchas, sin discusiones.
Pronto se percataron de mi presencia los que dirigían el cotarro y, con temor a que me pidieran ayuda, me retiré de la ventana para terminarme mi cigarrillo en paz.
Dos cabecitas asomaron tras el cristal:
– Mamá, entra, ven a jugar.
