Odio pasar la ITV. El estrés comenzó hace unos días, cuando pedí cita previa por internet. Mi economía es ajustada y aposté por un centro cercano y barato. ¿No deberían tener los mismos precios por hacer lo mismo? Un taller normal entiendo que no, pero este es un trámite obligatorio necesario para circular legalmente. Hacer cualquier tipo de gestión me enerva y esta no era para menos. Leí las opiniones y no eran del todo malas, no parecían muy estrictos y los tiempos eran aceptables.
Ahora llevo treinta minutos al sol, esperando con el gorrito preferente que han puesto sobre mi coche y viendo cómo atienden antes a conocidos con prisa. Soy la siguiente.
Empezamos bien. Con los bocinazos y mi sordera incipiente no entiendo lo que me dicen. El aire acondicionado no sirve de nada con las ventanillas bajadas. Lo apago. ¡Maldito agosto en que decidí comprar el coche!
Mi coche marca treinta y nueve grados, pero puedo asegurar que con el efecto lupa del parabrisas aquí dentro me siento como un pollo asado… Asada y atenta sigo instrucciones.
Acelero, freno, intermitentes, luces antiniebla… Esta vez sí he recordado cómo abrir el capó. He superado la prueba del foso. Para mí es un logro no caerme dentro. Giro el volante para un lado y para otro. Salgo. Estoy orgullosa, lo he hecho bien. Unos minutitos de espera para que me den la pegatina y…. Me doy cuenta de que hay algo peor que pasar la ITV… No pasarla.
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