Un surfero sabe guardar secretos y jamás roba. Está tan absorto con el mar y sus corrientes, con el oleaje y los amaneceres, que cualquier otra cosa carece de valor.
Fui surfera una temporada, una regular, no porque no fuera lo suficientemente buena, sino porque mi pie delantero bueno era el izquierdo.
Cuando madrugas tanto que adelantas al sol en su despertar, llegas con la tabla y toda la ilusión, te incordian las llaves del coche. Los surferos lo saben. Tienen un escondite que tú pasas a utilizar cuando te conviertes en una de ellos. Es un secreto compartido, que ninguno revelará, sin embargo, nadie nace con una única pasión.
La tentación era constante día tras días en la playa, y finalmente abusé de su confianza; tuve que llevarme un coche que no era mío y volver después para no levantar sospechas.
Soy ladrona de coches, y la cárcel me recordó que no podré volver a ser surfera, así que os contaré el secreto mejor guardado; el escondite de las llaves es… el propio coche.
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