—He sido ladrona —confesé a mi chico.
—¿Ladrona de corazones?
—Ja, ja, no. Ladrona de cosas.
—¿Por qué?
—Porque me hacía sentir viva.
—¡Que poca vergüenza!
—Requiere destreza y autocontrol.
—¿Y qué ganabas con eso?
—Llevármelo gratis.
—¿A costa del trabajo de los demás?
—Hay corporaciones que tienen una partida dedicada a los hurtos y robos. Me muevo dentro de los límites.
—Tus límites.
—Efectivamente, en los que nadie sale perjudicado.
—¡Qué morro le echas a la vida!
—La miro de frente, le echo ganas. Tú la ves pasar… Sin vivir.
—¿Qué insinúas?
—Me cortas las alas.
—¿Qué alas? ¿De qué hablas?
—No me siento viva a tu lado.
—¡Ahí queríamos llegar!
—No quería llegar a ningún lado, solo disfrutar del camino.
—¿Discutiendo?
—Diciendo la verdad.
—¿Para qué? ¿Qué quieres conseguir?
—Libertad. Quiero volar.
—Al final, sí vas a ser una ladrona de corazones.
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