El día que mi prometido me propuso convertirse en stripper no me hizo ninguna gracia. Imaginar cómo cualquier mujer podía lamerle los pezones untados en nata mientras él llevaba puesta una máscara, no me parecía buena idea. Era un dinero fácil, sí, pero a qué precio.
Todo empezó una noche que salimos de fiesta. En los urinarios de «La Clandestine» Guillermo coincidió con un ojeador del pub colindante. Un momento de esos que cambian la suerte, en este caso, nuestra suerte.
Había tres urinarios, y el ojeador, Álvaro, estaba en el centro. Guillermo se colocó en el de la derecha, un paso por detrás de Álvaro.
Álvaro tenía un defecto de profesión que cargaba como una mochila. Era inevitable mirar hacia los lados. Una curiosidad que a menudo satisfacía su necesidad de validación externa. Necesitaba saber que el género de su pub era el mejor que podía ofrecer a sus clientes. Al fin y al cabo, a nadie le amarga un dulce, y si es grande, mejor.
Ese día su curiosidad le devolvió como una bofetada a la realidad.
Guillermo se sentía incómodo, apenas podía orinar. Nunca lo había hecho mientras lo observaban. La situación era tan obvia que Álvaro se vio obligado a presentarse mientras devolvía su vista al frente. Fue al lavabo, y mientras enjabonaba sus sucias manos manchadas de dinero, dejó caer su oferta.
—No harás nada que no quieras hacer.
Guillermo negó en su cabeza, pero como buena rata de laboratorio, hizo sus cálculos en un santiamén. Solo tenía que trabajar dos días del fin de semana, dos horas cada día, cobrando 1500€ limpios a la semana, 6000 € al mes, 72000€ al año… Podría pagar su hipoteca en 5 años, el tiempo que tardaría la IA en reemplazarlo.
Los gastos de la boda estaban próximos, y su futuro como informático era incierto. Lo único que le hacía sentir vivo en aquel momento era yo, así que decidió consultármelo.
Me sorprendió ver que Guillermo había hecho un nuevo amigo en el baño. Yo miraba cómo se acercaban desde la barra mientras pensaba que eso era una costumbre más femenina debido a las largas colas en el aseo y a nuestra incontinencia verbal, sobre todo con una copa de más.
Yo sonreía y quería dejarme sorprender por la historia, pero rebasó mis expectativas.
—¿Stripper? —imaginé que se trataba de una broma y solté una carcajada.
Álvaro, hombre de negocios, recondujo rápidamente la conversación al salario.
Pensé que Guillermo había perdido la cabeza, pero sus cálculos eran correctos. ¡Una hipoteca en cinco años!
—Los límites se establecerán en el contrato con los pormenores que Guillermo estime —puntualizó Álvaro —pero hay unos mínimos; desnudo integral y seducción, que exige interacción con el público, dejarse acariciar de cintura para arriba durante el espectáculo.
Dejé de beber alcohol, sin duda, tenían toda mi atención. Mis ojos buscaban cualquier gesto de Guillermo que me ayudara a comprender qué estaba pensando. Él se limitó a volcar en mí la responsabilidad de pronunciar la última palabra, como acostumbraba a hacer.
—¿Lo hago?
Álvaro se apresuró a pedir una ronda de chupitos con la que sellar el trato…
¿Qué porcentaje de los acuerdos se sellan con ayuda del alcohol? Álvaro era conocedor de la noche y mi prometido terminó cediendo a convertirse en stripper alentado por mí. Pagar la hipoteca en 5 años era un aliciente, pero debí fiarme de mi intuición inicial. ¡Era una mala idea! La falsa idea de liberarnos de cargas en un periodo razonable y los chupitos, nos animaron a que Guillermo cediera con la única condición de llevar una máscara para no ser reconocido.
Con un sueldo de 1500€ el fin de semana no quiso retrasar su primer espectáculo. Me pidió que no fuera, ya que bastante vergüenza le daba tener que desvestirse delante de desconocidos. Decidimos que yo me quedaría al margen para que no afectara a nuestra relación.
La primera noche volvió eufórico, se moría por contarme los detalles, y yo, que había sido su mejor amiga desde la infancia dejé que hablara.
Guillermo me mostró la máscara que utilizó. Cubría su cabeza entera. Era de esas que se utilizan en Halloween para aterrar, pero sacada de contexto tenía su punto cómico. Guillermo no tenía tatuajes ni cicatrices y, con el pecho rasurado apenas era capaz de reconocerle.
Le pedí un pase privado. Era lo justo. Mi prometido no podía ofrecer al mundo algo que no me hubiera ofrecido a mí también.
—¿Estás celosa? —Guillermo sonreía mientras yo negaba con la cabeza.
—Sabes que no lo soy.
Guillermo me besó, se puso la máscara, apagó las luces, encendió la de la mesilla secundaria del salón y, con su móvil, escogió la canción que había sonado esa noche en el pub.
Yo aplaudía y le piropeaba desde el sillón.
—¡Quítatelo todo! —me divertía hacer de público con alguna copa de más.
Guillermo era muy tímido, o eso pensaba yo. ¡Tenía un puto seductor en casa y no me había enterado!
Empezó de espaldas, alternando el movimiento de sus glúteos y marcando el tempo.
Poca broma. ¡Estaba tremendo!
Su camisa blanca resaltaba la envergadura de sus hombros. Pronto la dejó caer. Estaba acostumbrada a su cuerpo, pero era la primera vez que lo veía con otros ojos. La musculatura trabajada durante las horas que pasaba en la piscina hacía de su espalada y pectorales un objeto de deseo. Un deseo que cumpliría veinte minutos después.
Esa noche hicimos el amor saliéndonos de la rutina, sobre la mesa del comedor.
El siguiente fin de semana repetimos sobre el sofá y el suelo del salón.
Mi amor era el mismo, pero mi deseo aumentaba cada fin de semana. Se convirtió casi en una obsesión. Sentía la necesidad de sellar nuestros cuerpos cuando volvía del pub, para sentir que seguía deseándome. Guillermo podía tenía la mujer que quisiera, y esa mujer era yo. No había dudas.
La boda estaba a la vista, apenas quedaba un mes y mi curiosidad iba en aumento. ¿Qué estaría dejándose hacer en el pub?
Llegó el viernes y decidí ir a comprobarlo yo misma. Me quedé en la barra, en la zona de penumbra para que él no me viera.
Comenzó el espectáculo y la mujer a la que sacó estaba cohibida, él colocó las manos de la chica sobre su torso y ella carcajeaba con la cabeza hacia atrás, como si se muriera de vergüenza y disfrutara a partes iguales.
Era divertido. Volví a casa sin que notara mi presencia.
Estaba orgullosa de él, tenía estilo, animaba al público, se había convertido en el reclamo principal y Álvaro no podía estar más contento. Guillermo comenzó a recibir sobres en B de Álvaro, con lo que su motivación iba en aumento.
Dos semanas antes de la boda, y no satisfecha con mi misión detectivesca anterior, decidí volver.
Era el momento de Guillermo. En esta ocasión sacó a un hombre para mi sorpresa. Este no era tan tímido, palpaba sus pectorales con satisfacción, se sentó encima y sobó su espalda y, a la hora de volver a su asiento, le pellizcó un pezón.
Conocía su número y con el golpe de sonido y luces debía quitarse los pantalones. Lo hizo. La sala enloqueció, sobre todo el grupo del chico que acababa de volver a su sitio.
Guillermo estaba indeciso, pero continuó el número hasta que la música terminó… con una erección. No sabía dónde meterme, las dudas me asaltaron, solo quise huir de ahí cuanto antes y borrar la erección de mi cabeza. ¡Con un hombre!
Esa noche se me quitaron las ganas de jugar con Guillermo, sin embargo, no quería que sospechara de mi presencia en el pub, por lo que actué con normalidad a su llegada.
—Hoy no me apetece, estoy cansado.
Un pellizco se instaló en mi corazón, que a la mañana siguiente se convirtió en bofetada.
—Me gustan los hombres —me confesó Guillermo.
—Pero, ¿y yo, te gusto? —no me importaba que fuera bisexual siempre que me respetara.
—Sí, no sé… Creo que deberíamos cancelar la boda.
Las dudas son malas compañeras, y cuando hay un compromiso de por medio, peor. La boda fue cancelada. Guillermo y yo continuamos juntos unos meses más, hasta que Álvaro con sus sucias manos machadas de dinero consiguió también su corazón.
Si has llegado hasta aquí, tal vez quieras leer mis otros relatos o incluso te animes con mi novela.
Gracias por leerme.
